jueves 6 de mayo de 2010

22 abril 2010

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POR EL OBISPO

En el IX aniversario de la ordenación episcopal de Mons. Joaquín María López de Andújar y Cánovas del Castillo

Con textos y lecturas propios

Misa: Misal pág. 908. Formulario: “Por el obispo”

Lecturas: Leccionario del santoral. Común de pastores. Se sugieren: Lecc V, págs. 344 (2), 360 (9)

Hch 20, 17-36. Tened cuidado del rebaño que el Espíritu Santo os ha mandado guardar

Sal 109. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Lc 22, 24-30. Os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí.

Monición:

Hoy es el noveno aniversario de la ordenación episcopal de nuestro obispo D. Joaquín. Por eso en este jueves sacerdotal celebramos la misa “por el obispo”. Acrecentemos en nosotros la comunión con el obispo de nuestra diócesis de Getafe, a quien Dios ha elegido para ser nuestro padre y pastor y primer servidor del evangelio entre nosotros.

Oración de los fieles:

Oremos a Dios Padre por todos los hombres y en este día supliquémosle especialmente por nuestro obispo Joaquín, que hoy hace nueve años que fue llamado al orden episcopal, para que el Señor conserve en él sus dones y éstos fructifiquen en el bien de nuestra Iglesia.

· Para que la fuerza del Espíritu Santo que Jesucristo comunicó a los santos apóstoles y, por ellos a sus sucesores, fortalezca a nuestro obispo a fin de que ejerza sin reproche su ministerio y apaciente con santidad a la Iglesia que le ha sido encomendada. Roguemos al Señor.

· Para que predique con fe y constancia el Evangelio de Jesucristo y guarde, íntegro y puro, el depósito de la fe, de acuerdo con la tradición recibida de los apóstoles. Roguemos al Señor.

· Para que, como un buen padre, vele por el pueblo santo de Dios, y ayudado por sus presbíteros y diáconos, lo guíe por el camino de la salvación y sea siempre comprensivo y misericordioso con los pobres, los inmigrantes y todos los necesitados. Roguemos al Señor.

· Para que Dios conceda el descanso eterno al primer obispo de Getafe, Francisco José, y le conceda la corona de gloria que mereció por su trabajo. Roguemos al Señor.

· Para que nuestra Iglesia diocesana, bajo la guía de su obispo, crezca sin parar y vaya acogiendo en su seno a los hijos dispersos que viven en nuestras ciudades y pueblos. Roguemos al Señor.

Señor Dios Todopoderoso, que, por medio de tu Hijo Jesucristo, elegiste a los apóstoles para que cuidasen de la Iglesia, y quisiste que su ministerio se perpetuase a través de los obispos, escucha nuestra oración y concede a nuestro pastor Joaquín María ser un verdadero imitador de tu Hijo. Por Jesucristo Nuestro Señor. 

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jueves 22 de abril de 2010

8 abril 2010

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POR LAS VOCACIONES RELIGIOSAS
Con textos y lecturas propios

Misa: Misal pág. 920. Formulario: “Por las vocaciones religiosas.”

Lecturas: Lecc VI, págs. 77 (2), 80 (3) y 85 (5)

Flp. 3, 8-14. Lo perdí todo con tal de ganar a Cristo.

Sal 39. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Lc 9, 57-62.El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.

Monición: El próximo domingo celebraremos la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Hoy la anticipamos en esta misa del jueves sacerdotal, ofreciéndola para que muchos chicos y chicas de nuestras comunidades respondan con amor de entrega al amor de elección con el que Dios les mira; y así, los distintos institutos de vida consagrada, religiosa y sacerdotal en la Iglesia se vigoricen con nuevas vocaciones maduras y auténticas.

Oración de los fieles:

Fieles al mandato del Señor, pidamos al Dueño de la mies que escuche nuestras oraciones por las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en la Iglesia.

· Para que Cristo, que reunió a sus discípulos a su alrededor con el fin de asociarlos a su predicación evangélica, suscite también en nuestros días servidores de su Evangelio.

· Para que el Señor ilumine la mente de los jóvenes cristianos y les infunda fuerza, a fin de que sean muchos los que se dediquen al ministerio y consagren su propia vida a hacerlo presente en medio de los fieles.

· Para que el Señor, que escogió un estilo de vida virginal y pobre, suscite en los jóvenes de nuestras comunidades el deseo de consagrarse exclusivamente a su amor y al servicio de su Iglesia.

· Para que quienes han escuchado la llamada del Señor a la consagración religiosa o al ministerio sacerdotal no se desanimen ante las tentaciones que puedan surgir a causa de la propia debilidad o de las circunstancias que los rodean.

Señor Jesús, que nos mandaste rogar al Padre que mande obreros a su mies, escucha nuestra oración y haz que los religiosos y religiosas de tu Iglesia crezcan en número y perseveren fieles a su vocación. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.


MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI PARA LA XLVII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

6 abril 2010

25 DE ABRIL DE 2010 – IV DOMINGO DE PASCUA

Tema: El testimonio suscita vocaciones

Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas

La 47 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará en el IV domingo de Pascua, domingo del “Buen Pastor”, el 25 de abril de 2010, me ofrece la oportunidad de proponer a vuestra reflexión un tema en sintonía con el Año Sacerdotal: El testimonio suscita vocaciones. La fecundidad de la propuesta vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. Este tema está, pues, estrechamente unido a la vida y a la misión de los sacerdotes y de los consagrados. Por tanto, quisiera invitar a todos los que el Señor ha llamado a trabajar en su viña a renovar su fiel respuesta, sobre todo en este Año Sacerdotal, que he convocado con ocasión del 150 aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, el Cura de Ars, modelo siempre actual de presbítero y de párroco.

Ya en el Antiguo Testamento los profetas eran conscientes de estar llamados a dar testimonio con su vida de lo que anunciaban, dispuestos a afrontar incluso la incomprensión, el rechazo, la persecución. La misión que Dios les había confiado los implicaba completamente, como un incontenible “fuego ardiente” en el corazón (cf. Jr 20, 9), y por eso estaban dispuestos a entregar al Señor no solamente la voz, sino toda su existencia. En la plenitud de los tiempos, será Jesús, el enviado del Padre (cf. Jn 5, 36), el que con su misión dará testimonio del amor de Dios hacia todos los hombres, sin distinción, con especial atención a los últimos, a los pecadores, a los marginados, a los pobres. Él es el Testigo por excelencia de Dios y de su deseo de que todos se salven. En la aurora de los tiempos nuevos, Juan Bautista, con una vida enteramente entregada a preparar el camino a Cristo, da testimonio de que en el Hijo de María de Nazaret se cumplen las promesas de Dios. Cuando lo ve acercarse al río Jordán, donde estaba bautizando, lo muestra a sus discípulos como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Su testimonio es tan fecundo, que dos de sus discípulos “oyéndole decir esto, siguieron a Jesús” (Jn 1, 37).

También la vocación de Pedro, según escribe el evangelista Juan, pasa a través del testimonio de su hermano Andrés, el cual, después de haber encontrado al Maestro y haber respondido a la invitación de permanecer con Él, siente la necesidad de comunicarle inmediatamente lo que ha descubierto en su “permanecer” con el Señor: “Hemos encontrado al Mesías —que quiere decir Cristo— y lo llevó a Jesús” (Jn 1, 41-42). Lo mismo sucede con Natanael, Bartolomé, gracias al testimonio de otro discípulo, Felipe, el cual comunica con alegría su gran descubrimiento: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés, en el libro de la ley, y del que hablaron los Profetas: es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1, 45). La iniciativa libre y gratuita de Dios encuentra e interpela la responsabilidad humana de cuantos acogen su invitación para convertirse con su propio testimonio en instrumentos de la llamada divina. Esto acontece también hoy en la Iglesia: Dios se sirve del testimonio de los sacerdotes, fieles a su misión, para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas al servicio del Pueblo de Dios. Por esta razón deseo señalar tres aspectos de la vida del presbítero, que considero esenciales para un testimonio sacerdotal eficaz.

Elemento fundamental y reconocible de toda vocación al sacerdocio y a la vida consagrada es la amistad con Cristo. Jesús vivía en constante unión con el Padre, y esto era lo que suscitaba en los discípulos el deseo de vivir la misma experiencia, aprendiendo de Él la comunión y el diálogo incesante con Dios. Si el sacerdote es el “hombre de Dios”, que pertenece a Dios y que ayuda a conocerlo y amarlo, no puede dejar de cultivar una profunda intimidad con Él, permanecer en su amor, dedicando tiempo a la escucha de su Palabra. La oración es el primer testimonio que suscita vocaciones. Como el apóstol Andrés, que comunica a su hermano haber conocido al Maestro, igualmente quien quiere ser discípulo y testigo de Cristo debe haberlo “visto” personalmente, debe haberlo conocido, debe haber aprendido a amarlo y a estar con Él.

Otro aspecto de la consagración sacerdotal y de la vida religiosa es el don total de sí mismo a Dios. Escribe el apóstol Juan: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16). Con estas palabras, el apóstol invita a los discípulos a entrar en la misma lógica de Jesús que, a lo largo de su existencia, ha cumplido la voluntad del Padre hasta el don supremo de sí mismo en la cruz. Se manifiesta aquí la misericordia de Dios en toda su plenitud; amor misericordioso que ha vencido las tinieblas del mal, del pecado y de la muerte. La imagen de Jesús que en la Última Cena se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe a la cintura y se inclina para lavar los pies a los apóstoles, expresa el sentido del servicio y del don manifestados en su entera existencia, en obediencia a la voluntad del Padre (cfr Jn 13, 3-15). Siguiendo a Jesús, quien ha sido llamado a la vida de especial consagración debe esforzarse en dar testimonio del don total de sí mismo a Dios. De ahí brota la capacidad de darse luego a los que la Providencia le confíe en el ministerio pastoral, con entrega plena, continua y fiel, y con la alegría de hacerse compañero de camino de tantos hermanos, para que se abran al encuentro con Cristo y su Palabra se convierta en luz en su sendero. La historia de cada vocación va unida casi siempre con el testimonio de un sacerdote que vive con alegría el don de sí mismo a los hermanos por el Reino de los Cielos. Y esto porque la cercanía y la palabra de un sacerdote son capaces de suscitar interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas (cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal, Pastores dabo vobis, 39).

Por último, un tercer aspecto que no puede dejar de caracterizar al sacerdote y a la persona consagrada es el vivir la comunión. Jesús indicó, como signo distintivo de quien quiere ser su discípulo, la profunda comunión en el amor: “Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos” (Jn 13, 35). De manera especial, el sacerdote debe ser hombre de comunión, abierto a todos, capaz de caminar unido con toda la grey que la bondad del Señor le ha confiado, ayudando a superar divisiones, a reparar fracturas, a suavizar contrastes e incomprensiones, a perdonar ofensas. En julio de 2005, en el encuentro con el Clero de Aosta, tuve la oportunidad de decir que si los jóvenes ven sacerdotes muy aislados y tristes, no se sienten animados a seguir su ejemplo. Se sienten indecisos cuando se les hace creer que ése es el futuro de un sacerdote. En cambio, es importante llevar una vida indivisa, que muestre la belleza de ser sacerdote. Entonces, el joven dirá:"sí, este puede ser un futuro también para mí, así se puede vivir" (Insegnamenti I, [2005], 354). El Concilio Vaticano II, refiriéndose al testimonio que suscita vocaciones, subraya el ejemplo de caridad y de colaboración fraterna que deben ofrecer los sacerdotes (cf. Optatam totius, 2).

Me es grato recordar lo que escribió mi venerado Predecesor Juan Pablo II: “La vida misma de los presbíteros, su entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio de servicio amoroso al Señor y a su Iglesia —un testimonio sellado con la opción por la cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual—, su concordia fraterna y su celo por la evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo de fecundidad vocacional” (Pastores dabo vobis, 41). Se podría decir que las vocaciones sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes, casi como un patrimonio precioso comunicado con la palabra, el ejemplo y la vida entera.

Esto vale también para la vida consagrada. La existencia misma de los religiosos y de las religiosas habla del amor de Cristo, cuando le siguen con plena fidelidad al Evangelio y asumen con alegría sus criterios de juicio y conducta. Llegan a ser “signo de contradicción” para el mundo, cuya lógica está inspirada muchas veces por el materialismo, el egoísmo y el individualismo. Su fidelidad y la fuerza de su testimonio, porque se dejan conquistar por Dios renunciando a sí mismos, sigue suscitando en el alma de muchos jóvenes el deseo de seguir a Cristo para siempre, generosa y totalmente. Imitar a Cristo casto, pobre y obediente, e identificarse con Él: he aquí el ideal de la vida consagrada, testimonio de la primacía absoluta de Dios en la vida y en la historia de los hombres.

Todo presbítero, todo consagrado y toda consagrada, fieles a su vocación, transmiten la alegría de servir a Cristo, e invitan a todos los cristianos a responder a la llamada universal a la santidad. Por tanto, para promover las vocaciones específicas al ministerio sacerdotal y a la vida religiosa, para hacer más vigoroso e incisivo el anuncio vocacional, es indispensable el ejemplo de todos los que ya han dicho su “sí” a Dios y al proyecto de vida que Él tiene sobre cada uno. El testimonio personal, hecho de elecciones existenciales y concretas, animará a los jóvenes a tomar decisiones comprometidas que determinen su futuro. Para ayudarles es necesario el arte del encuentro y del diálogo capaz de iluminarles y acompañarles, a través sobre todo de la ejemplaridad de la existencia vivida como vocación. Así lo hizo el Santo Cura de Ars, el cual, siempre en contacto con sus parroquianos, “enseñaba, sobre todo, con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar” (Carta para la convocación del Año Sacerdotal, 16 junio 2009).

Que esta Jornada Mundial ofrezca de nuevo una preciosa oportunidad a muchos jóvenes para reflexionar sobre su vocación, entregándose a ella con sencillez, confianza y plena disponibilidad. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, custodie hasta el más pequeño germen de vocación en el corazón de quienes el Señor llama a seguirle más de cerca, hasta que se convierta en árbol frondoso, colmado de frutos para bien de la Iglesia y de toda la humanidad. Rezo por esta intención, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 13 de noviembre de 2009

BENEDICTUS PP. XVI


jueves 8 de abril de 2010

1 abril 2010

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POR LOS SACERDOTES

Misa: del día

Lecturas: del día

Monición: La misa de este jueves de la Octava de Pascua la ofrecemos por los sacerdotes. Nuestros pastores hacen presente a Cristo Resucitado a través de los sacramentos. El Señor les envió como testigos de su resurrección, a bautizar y perdonar pecados, a predicar su Palabra y a apacentar su grey. Que en esta Pascua del Año Sacerdotal brote en nosotros una acción de gracias al Padre por el ministerio de nuestros presbíteros.

Oración de los fieles: Se puede añadir la siguiente petición a las habituales:

– Por todos los sacerdotes de la Iglesia, para que en esta Pascua del Año Sacerdotal vivan con gozo el anuncio de la resurrección y sean los testigos privilegiados de la gracia que lleven la paz de Cristo a todos los hombres.