Via crucis sacerdotal

VIA CRUCIS EN COMPAÑÍA DE LOS SANTOS

(Para Sacerdotes)

P. Antonio Maria Sicari, o.c.d.

Oración inicial

     Señor Jesús, para acompañarte en la Via Crucis hoy estamos nosotros, tus sacerdotes, los siervos que te has escogido para construir y guiar tu Iglesia. [1]

    Tú has querido servirte de nosotros para hacer presente tu persona a la comunidad de creyentes.

    Cada día Tú nos comprometes en el misterio de tu Pasión y de tu Resurrección.

    Cada día nos entregas tu Palabra y tu Misericordia para sembrarla en el mundo.

    Cada día resuena en nuestro corazón y en nuestra alma tu invitación dulce y a la vez severa: “Si alguien  quiere venir detrás de mi…coja su cruz y me siga”. [2]

    Al iniciar esta Via Crucis escuchamos las palabras que dijiste al apóstol Tomás: “Yo soy la vida” [3] ; sabemos que debemos caminar por un camino, que eres Tú mismo; un camino doloroso excavado en tu mismo cuerpo.

    También oímos la voz de tu apóstol Pablo que dice: “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” [4] , y entendemos que aquello que todavía falta es nuestra carne; esta nuestra existencia que ya te pertenece, pero que todavía no se ha ofrecido enteramente y que se retrae sobre todo cuando teme el sufrimiento.

    Ofrecemos cada día tu Cuerpo sacrificado y tu Sangre derramada, pero siempre sentimos la tentación de apartarnos cuando deberíamos ser juntamente contigo granos de trigo triturados y racimos de uva exprimidos.

    Por eso, Señor, para aprender a acompañarte verdaderamente en este doloroso y glorioso camino, pedimos la ayuda de tus sacerdotes Santos.

    Haz que los misterios de amor y de dolor de tu pasión queden impresos en nosotros, tus ministros, de la misma manera que quedaron impresos, al vivo, en su cuerpo y en su alma.

 I ESTACIÓN

Jesús es condenado a muerte

     He pensado y he dicho tantas veces yo, tu sacerdote, que Tú has sido condenado injustamente.

    Judas te ha traicionado por ingratitud, por avaricia y por el Maligno.

    Los Sacerdotes y el Sanedrín te han desechado porque eran ciegos de tu inesperado resplandor divino.

    Los solados te han dado latigazos y se han reído de ti porque eran inconscientes y brutales.

    Pilatos te ha entregado al verdugo por miedo y escepticismo.

    Y la multitud gritaba: “Crucifícale” [5] porque había sido instigada y había olvidado que “habías pasado en medio a ellos haciendo el bien” [6].

    Condenado injustamente, condenado siendo inocente.

    Pero ahora pienso, Señor, que he olvidado la verdad más profunda y misteriosa.

    Tú has sido condenado justamente, porque has querido llevar sobre Ti el peso horrible de todos nuestros pecados, haciendo tuya la responsabilidad delante de Dios, nuestro Creador y Padre.

    Más todavía; por nosotros y en nuestro lugar, Tú has querido “hacerte pecado por nosotros” [7] y has llegado a ser – delante del mundo- “como uno delante del que se cubre la cara por la vergüenza”. [8]

    “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo…” [9] , quitas el pecado porque continuas a tomarlos sobre Ti y a expiarlos uno a uno.

    Y para Ti cada día de nuestra historia es un Viernes Santo.

     Pienso en tu sacerdote S. Leopoldo Mandic, cerrado durante años y años en un confesionario, hundido en los pecados que los penitentes echaban sobre él. Algunos se burlaban de él porque hacía a todos inocentes, absolviéndoles con misericordiosa magnanimidad, para después pasar largas noches en expiación, temblando por miedo del juicio de Dios. Había despedido a los pecadores más frágiles poniéndose en su lugar: “Haré penitencia por vosotros, yo haré oración…”.

    Y rico de misericordia por todos, aceptaba temblar delante de la justicia de Dios.

 II ESTACIÓN

Jesús cargado con la Cruz

     Nos hemos quedado casi solos – nosotros, tus sacerdotes – al decir que el sufrimiento puede redimir, que el dolor puede llenarse de significado y llegar a ser salvador.

    Pero lo decimos tímidamente, como si quisiéramos pedir perdón al hablar con este extraño lenguaje.

    ¡Existe tanto dolor en el mundo! Son tantas la penas cotidianas y tantas las personas sobre las que gravita la cruz sin poder evitarla.

    Y nosotros debiéramos invitarles a llevarla abrazándola, como Tú lo haces mientras el leño se hunde en tus espaldas y absorbe tu sangre.

    “Yo te saludo, oh Cruz de tanto tiempo deseada” dijo tu discípulo Andrés. Como también el apóstol Pablo anunciaba de estar alegremente “crucificado Contigo”[10] y de querer conocer solamente la “sabiduría de la Cruz” [11].

    Un poeta tuyo ha dicho: “Jesús coge la Cruz, de la misma manera que nosotros tomamos la Eucaristía” .[12]

    Somos nosotros, tus sacerdotes, que tenemos cada día en nuestras manos tu cuerpo sacrificado y lo presentamos a la adoración y lo ofrecemos como comida.

    Tú no nos pides ser más fuertes en saber soportar, sino más alegres en saber transubstancionar nuestros pequeños sufrimientos en tu sufrimiento infinito, y de convertirlo en alimento para la Iglesia.

       San Juan de la Cruz – que compuso los más bellos poemas de Amor místico, estando en una oscura y penosa cárcel – enseñaba: “Te baste Cristo crucificado. Sufre con El y descansa en El” [13]  y supo unirse totalmente a Ti en el lecho de muerte, contemplando las propias llagas ‘devotamente’ porque se asemejaban a las tuyas.

    Concédenos, Señor, adorar nuestras pequeñas cruces – sobre todo aquellas que son propias de nuestro ministerio – como pedazos de tu Cruz gloriosa.

 III ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez bajo el peso de la Cruz

     Tú, Señor, “caes por primera vez”; por tres veces caerás y te levantarás con gran cansancio antes de llegar al Calvario.

    Tu cansancio lo he predicado muchas veces a los fieles a fin de que tomasen ejemplo.

    “También Jesús ha caído” – decía – “hasta el Hijo de Dios ha experimentado la debilidad que acaba con nuestras pobres fuerzas”. Pero en realidad lo decía como si de Ti se hubiera podido esperar una energía mucho más indómita.

    Y he olvidado que tus caídas fueron los últimos y decisivos pasos de tu Encarnación.

    Por nosotros Tu has descendido del cielo; has bajado a una pobre cueva de Belén; has bajado en medio de una multitud de pecadores y de enfermos.

    Has bajado…, pero esto no sería suficiente sin aquellos últimos pasos de obediencia, que te aproximan al corazón de la tierra, a tu sepulcro nuevo.

    Así Tú, cayendo, comienzas a pegarte al suelo con todo tu cuerpo.

    Besas la tierra como hace el misionero que llega a un país extranjero, que será su patria.

    Te postras al suelo y lo besas como hemos hecho nosotros sacerdotes el día de nuestra Ordenación.

    Recuerdo las palabras que la madre de S. Juan Bosco dijo a su hijo, en el día que celebraba la Primera Misa Solemne (era la fiesta del Corpus Domini): “Eres sacerdote, celebras la Misa, por este motivo estás más cerca de Jesucristo. Recuerda que empezar a celebrar Misa quiere decir comenzar a sufrir”.

    Se comienza inevitablemente a sufrir porque es necesario llevar a Cristo y la Palabra de Dios a todos los hombres, y el camino es desigual y muchas veces accidentado.

    Pero tú, Señor, concédenos caer solamente en tu camino.

IV ESTACIÓN

Jesús encuentra a su Madre

     Siguiendo el camino, Señor, ciertamente has encontrado a tu Madre.

    Eran más de treinta años que Ella esperaba el día anunciado en el que “una espada de dolor le habría traspasado el alma” [14] . De esta manera te acompañaba al calvario cuando ya el centurión tenía en la mano la lanza, que habría traspasado vuestros corazones.

    La tradición ha puesto en la boca de la Virgen el lamento del profeta: “Oh vosotros que pasáis por el camino, mirad si existe un dolor semejante al mío…” [15]  

    Pero todos nos hemos detenido delante del portal del misterio, atentos solamente al dolor provocado por los insultos y las heridas.

    No hemos contemplado el verdadero y bienaventurado dolor de tu Virgen Madre, silenciosa, delante del diálogo que Tú tenías con tu Padre, antes de que El te abandonase.

    Ciertamente María recordaba las palabras del ángel: “darás a luz un Hijo…, será grande…, y su reino no tendrá fin…” [16].

    Así había sido la promesa, sin embargo el Padre “mandaba al Hijo por amor del mundo”[17] : “no lo ahorraba”[18] .

    Y a Ella todavía se le pedía que consintiera, que repitiera el Fiat, que abandonara al Hijo en el momento de la muerte y que en cambio recibiera al discípulo…

    Pero cómo no podía Ella no consentir si había sido llamada – Ella en primer lugar – a contemplar “el precio del rescate” [19] ; no sólo nuestro rescate de hijos pecadores, sino todavía más: su rescate de Señora Inmaculada, anticipadamente redimida por el sacrificio del Hijo.

    María acompañaba a Jesús al monte, allí donde habría comprendido, en misterioso temblor, que era la primera “Hija de su Hijo”[20] .

    A los pies de la Cruz, viéndose totalmente desde siempre dentro de un mar de gracia, Ella se convierte para nosotros en Madre de misericordia.

    En esta estación aprendemos solamente de Ella, la Toda Santa.

 V ESTACIÓN

El cirineo ayuda a Jesús a llevar la Cruz

     Un hombre, que por casualidad pasaba por allí volviendo de su terreno, fue obligado a llevar tu Cruz para darte un poco de alivio. No sabemos nada de él, pero sabemos que sus hijos, Alejandro y Rufo, fueron cristianos. Y conmueve pensar que quizás fue la improvisa y misericordiosa manera en que fue comprometido el padre, en aquel camino de pasión, aquello que los engendró en Cristo.

    Pienso de nuevo en tantas meditaciones blandas en las que se pide a los cristianos que lleven “un poco de Cruz” juntamente a Jesús.

    En verdad, Tú estabas muy cansado, Señor, y era lógico tu continuar penoso detrás del Cirineo, que llevaba encima tu cruz.

    Sin embargo el evangelista nota que “le pusieron encima la Cruz, para que la llevase detrás de Jesús, y lo seguía una gran multitud del pueblo”[21] .

    Llevando tu Cruz el Cirineo aprendió a seguirte y, juntamente contigo, llegó a ser un guía para el pueblo.

    Nosotros sacerdotes no debemos llevar solamente nuestras cruces cotidianas, debemos llevar propiamente la Tuya, para poder pedir a nuestro pueblo que te siga.

    El Santo Cura de Ars tentó muchas veces de huir de la parroquia; no porque no quería sufrir sino por el constante pensamiento de ser indigno de representarte; demasiado miserable para poder ser tu imagen de misericordia. Y siempre – por Ti y por el pueblo – se le volvía a llevar a aquel confesionario donde le esperaban multitud de peregrinos. Entonces pedía humildemente excusa diciendo “He hecho el niño”, y de nuevo recomenzaba a llevar contigo la Cruz y se consolaba diciendo: “¿Qué sería de tantos pecadores si no fuera así?”.

VI ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

     Es éste el único episodio inventado por la piedad popular con el fin de dar a todos y a cada uno un sitio en la Via Crucis; el sitio de amor y de ternura que toca a la Esposa.

    Entre la Verónica y Jesús – entre nosotros y el Crucificado – un velo; un velo para enjugar el rostro atormentado del Esposo para devolverle su forma y su belleza.

    La Verónica representa y describe el destino feminino-esponsal de toda la Humanidad; la íntima naturaleza de la Iglesia nacida del costado de Cristo y unida irrevocablemente a El; la vocación y la misión para la cual viene escogida cada alma cristiana [22].

    Verónica es la mujer del Cantar de los Cantares, cuya pasión de amor es llegar a ser con-pasión, un verdadero sufrir junto al Amado.

    Verónica es aquella que guarda dentro de sí la imagen del Amado a fin de poderlo encontrar siempre.

     Verónica son nuestras comunidades cristianas cuando buscan entre la multitud la presencia del Amado, y lo descubren en el rostro de los más humillados [23] y se dan prisa para limpiarles con infinita dulzura.

    Verónica son también tus santos sacerdotes cada vez que se llenan de ternura, cuando encuentran tu rostro desfigurado y lo honran con una caridad sin límites y con genial trato…

     A menudo se veía a San Camilo de Lelis arrodillado junto a la cama de los enfermos, con la seguridad de estar delante “de su amado Señor Jesucristo”, y algunas veces llegaba a una confusión tal que descubría a ellos sus pecados, convencido de que lo hacía directamente al Crucificado. Y su biógrafo añade: “cuando cogía a uno de ellos entre sus brazos a fin de poder cambiar las sábanas, lo hacía con tanto afecto y diligencia que parecía que lo estaba haciendo a la misma persona de Jesús”.

    Y fueron esta “mirada” y esta “ternura” la que permitió renovar, de arriba abajo, la asistencia sanitaria de su tiempo.

   VII ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez

     A mitad del recorrido tú, Jesús, caes todavía, como si el camino se abriese y se derrumbase por ambos lados.

    Y ésta es todavía una caída más humillante porque la Cruz está sobre las espaldas del Cirineo. Pensaban que Tu podías resistir…

    Pero Tu caes porque tienes encima el inmensurable peso de la miseria humana, y ésta es una carga invisible a los ojos.

    Caes porque eres un Creador que se ha hecho criatura, y las criaturas te han cogido con la trampa como si tu fueses una alimaña.

    Caes porque tu puesto es el de esclavo golpeado a sangre y que inútilmente se lamenta con un canto.

    Caes porque eres igual a una bestia de carga, que cae en tierra y el peso le viene encima.

    Y mientras caes nos concedes de no distraernos al contemplar tu pobre cuerpo abatido; ayúdanos a no apartar la mirada de tu rostro entumecido entre piedras.

    Señor, haz que aceptemos voluntariamente de caer junto a Ti, todas las veces que tú deseas que nos levantemos renovados.

 Tu sacerdote S. José Benito Cotolengo vivió su sacerdocio durante largos años, recorriendo un camino rico de halagos y honores, hasta el momento en que Tú le hiciste “caer” delante del camastro ensangrentado de una pobre partera, a quien todos habían rechazado la asistencia…

    Solamente tuvo tiempo de dar la Extrema Unción a la madre y el Bautismo a la niña antes de que murieran. Pero se levantó movido por la gracia. Había llegado a ser – como le gustará llamarse – “el peón de la Divina Providencia”.

 VIII ESTACIÓN

Unas madres lloran por Jesús

     Unas madres lloran por el Hijo de María, humillado y conducido a la muerte, aunque si todavía es un leño verde.

    Pero es Jesús quien se conmueve por ellas; quisiera que fueran las madres quienes llorasen por ellas mismas por haber generado y dado la leche a hijos que – sin El – serían destinados a arder como leña seca [24] , en el incendio de un mundo sin salvación.

    Jesús conoce el dolor de las madres de cada tiempo; aquellas que no se consuelan delante de la crueldad de Herodes (un Herodes de las mil caras) que roba sus hijos de entre sus brazos [25], y el de aquellas que se acusan de no haber sabido o querido protegerlos.

    Jesús conoce también el lloro de los hijos de generación en generación. Niños que las mismas madres han rechazado cuando todavía estaban en su vientre; niños que sus padres los han desechado; niños sin casa, sin cuidados, sin pan, sin juegos; niños vendidos por el placer de la ganancia.

    Conoce también el dolor sordo de los contactos llenos de desilusión; padres que no han sabido llegar a ser tales y jóvenes que no han sabido comportarse como hijos.

    Estos sufrimientos, Señor, que tú conoces porque eres Hijo, porque están muy cerca – más que otra pena – del mismo misterio de tu Persona.

    Concede a nosotros Sacerdotes el saber ver solamente hijos tuyos a nuestro alrededor.

     Danos la mirada de S. Vicente de Paul cuando encargó a sus monjas – ya muy llenas de trabajo – la “Obra de los niños abandonados”, explicando con entusiasmo: “Seréis como la Señora, porque seréis madres y vírgenes. ¿Os dais cuenta de aquello que hace el Señor por vosotras? Desde toda la eternidad ha establecido este tiempo para inspiraros el deseo de cuidar estos pequeños que El considera suyos: desde la eternidad ha elegido a vosotras, hijas mías, para servirle. ¡Qué honor para vosotras servir a los hijos de Dios!

  IX ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez

     Es la tercera vez que caes, Señor, y según la iconografía tradicional te obligan a levantarte con la furia de los latigazos, como si te faltase un “de más” de sufrimientos para darte la fuerza de padecer todavía.

    Pero tú conoces la verdad escondida.

    Antes de ser levantado entre el cielo y la tierra, antes de poder volver “a la derecha del Padre” debes, por última vez, manifestar tu completa entrega a nuestra tierra, al polvo del cual hemos sido hechos.

    Caes porque quieres abrazar a todos cogiéndonos entre tus brazos mientras nosotros caemos.

    Caes por tercera vez, como tres veces has sido tentado por Satanás que quería quitarte tu verdadera “encarnación”.

    Caes por tres veces, como tres veces ha caído el primero de tus apóstoles cuando te ha renegado.

    Caes por tres veces, porque la tercera vez es aquella definitiva y si te levantas de nuevo es porque el Padre es “más fuerte de todos” y te hará resucitar “después de tres días” de tu caída mortal.

    Danos Señor el modo de comprender que ciertas caídas son solamente el presagio de resurrección.

    Así tu Beato siervo Daniel Comboni – que había soñado abrazar misionariamente toda el África – al final de su vida se encontró aplastado por la calumnia y vio aproximarse la destrucción de toda su obra.

    Murió a los cincuenta años, cansado de la vigilias y de las fatigas apostólicas, pero fiel a aquello que había inicialmente prometido a sus amadísimos africanos: “El día más feliz de mi vida será aquel en que podré dar mi vida por vosotros”.

X ESTACIÓN

Jesús es desnudado de sus vestidos

 

    Mientras los soldados se dividen los vestidos y echan a suertes la túnica inconsutil [26], tu cuerpo desnudo resplandece de humillación y de gloria.

    Detenerme en esta décima estación, Señor, ha sido siempre para mi la cosa más difícil, y nunca me ha sido fácil estar con los fieles para ayudarles a contemplarte.

    No por tu dolorosa y tremenda desnudez, sino por los misterios que intuyo y que exigirían una sensibilidad mística, aquella de innumerables Santas y Santos que te han adorado como su “Esposo Crucificado”.

    Pensándolo bien, Jesús mío, en toda la Via Crucis está escondido un drama nupcial; de una parte se encuentra la humanidad perdida que te rechaza como Esposo y te traiciona, de la otra está tu Humanidad que acepta el rechazo y la traición, y lo transforma en comunión esponsal.

    Así ha sucedido en tu último encuentro con Judas al que has verdaderamente abrazado y besado.

    Así ha sucedido cuando te han revestido de púrpura y te han coronado, como se corona al Esposo en el momento de la boda.

    Así ha sucedido cuando te han “presentado” delante a la multitud de los enviados: “He aquí el hombre”, he aquí el Elegido, el Amado.

    Así sucede ahora que los soldados te ayudan a desnudarte y Tu te ofreces a la Esposa en alegre e inocente desnudez (aquella del nuevo Adán, que no tiene por qué avergonzarse).

    Así sucederá dentro de poco cuando te extenderás sobre la cama de la Cruz para un verdadero matrimonio con la Señora Pobreza.

    Así amaba contemplarte tu santo Diácono Francisco de Asís que contó al mundo aquellas bodas sublimes, al punto de querer él mismo renovarlas en la Iglesia, amando la pobreza como “su mujer más querida”[27]

XI ESTACIÓN

Jesús es clavado a la Cruz

    En la oración que Jesús recitaba sobre la cruz – en el salmo que empieza “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”[28] – estaban también estas palabras: “Han horadado mis manos y mis pies / se pueden contar todos mis huesos”. Y la oración continuaba de esta manera: “Anunciaré tu Nombre a mis hermanos / te alabaré en medio de la asamblea” [29] .

    La Cruz era el púlpito que el Padre te daba, oh Jesús, para revelarnos su nombre y para alabarlo juntamente con nosotros, tus pobres crucificadores.

    Perdóname, si pienso ahora al ministerio que me has entregado y al anuncio que me pides repetir cada día “a mis hermanos”.

    Ciertamente te debo obediencia, pero pocas veces he pensado a tu absoluta obediencia, aquella manera tuya de estar irremediablemente “clavado” a la cruz [30] .

    Un antiguo texto medieval ofrecía a los monjes estos “tus” consejos: “Como un crucifijo no puede mover los miembros según su proprio capricho, ni puede girarse, sino que debe permanecer inmóvil allí donde lo ha clavado, así es necesario que tu estés en tu cruz y renuncies a ti mismo, sin poder cambiar la voluntad detrás de las fantasías o al placer de un instante, sino aplicándola totalmente allí donde mi voluntad te ha destinado” [31] .

    Concede también a nosotros, tus Ministros, de permanecer crucificados con alegría – en pobre y desnuda obediencia – al ministerio que nos has entregado.

    Así permaneció cotidianamente pegado a tu cruz – por más de cuarenta años – el Beato P. Pío de Pietrelcina, llevando en su cuerpo tus llagas.

    Los estigmas mostraron evidentemente el milagro del sacerdocio cristiano; haciendo ver el “caro precio”[32] de sangre escondido en cada sacrificio eucarístico, en cada absolución sacramental, en cada intercesión de gracias y en cada conflicto con el Maligno; como también el precio escondido en la humilde y constante sumisión a tu Iglesia.

XII ESTACIÓN

Jesús muere en Cruz

    Después de haber perdonado la obtusa maldad de los hombres, después de haber escuchado de parte de un ladrón arrepentido una dulce oración (“Jesús, acuérdate de mi” [33]), después de haber gritado “Tengo sed” [34] – casi un último testamento para nosotros – Jesús muere.

    Señor, los místicos medievales decían que deberíamos meditar tu muerte en cruz “insatiabiliter” [35] sin cansarnos nunca de entrar en la profundidad de tu “muy grande amor” [36] .

    El discípulo Juan – el único de los Doce que te ha visto morir – ha observado el momento de tu muerte y ha conservado para nosotros un recuerdo precioso: “Jesús, después de haber reclinado la cabeza, entregó el espíritu” [37] .

    A cada moribundo el ultimo respiro escapa de los labios y acto seguido la cabeza cae sobre el pecho.

    Sin embargo, Tú has inclinado antes la cabeza y después has “entregado el Espíritu”: de esta manera tu último respiro descendió sobre la pequeña Iglesia ya reunida a los pies de la Cruz.

    Aquel último suspiro de moribundo era como el hálito del Creador sobre el primer hombre; era como el Espíritu enviado a la Virgen en el momento de tu Encarnación,  que ya anunciaba aquel respiro de vida nueva que infundiste sobre los discípulos la tarde de la Pascua y el día de Pentecostés.

    Estoy viendo de nuevo a tu mártir S. Maximiliano Kolbe, que está allí delante de un montón de cadáveres, que ha debido transportar al horno crematorio de Auschwitz con una carretilla. Antes de alejarse murmura calladamente: “Et Verbum caro factum est… Santa María, ruega por nosotros”.

    También sobre el patíbulo de un lager, aquel último suspiro de un mártir – un respiro de fe en Ti y de caridad en favor de otras víctimas – fue la anticipación de la “victoria mediante la fe y el amor” [38]  

 

XIII ESTACIÓN

Jesús es puesto en los brazos de su Madre

    Antes de los últimos pasos que te llevarán al sepulcro, oh Jesús, descansas unos momentos en paz, en los brazos de tu Madre, como un hijo fatigado después de una larga jornada.

    Ha sido la “jornada” que el Padre te ha señalado – una buena andadura de trabajo – y El está dispuesto a llevarte junto a Sí.

    Como María, también el Padre celeste te recoge en su seno y te susurra: “Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado” [39] .

    Con fe, esperanza y caridad, la Virgen Madre retiene silenciosamente entre sus brazos tu cuerpo ya muerto.

    En Ella vemos la imagen y el modelo de la Iglesia que – con alegría y con sufrimiento – engendra continuamente a los hijos de Dios y espera su resurrección.

    A nosotros, tus ministros, concede, Señor, tener “piedad”; piedad por tu eterno sacrificio que debemos renovar cotidianamente, teniéndote entre las manos; piedad por todos aquellos que debemos engendrar como hijos tuyos, acompañándoles en la pasión y preparándoles a la vida resucitada.

    El Beato P. Tito Brandsma [40], en el campo de Dachau, a la enfermera, odiada y despreciada por todos los presos y que debía inyectarle el ácido fénico, regaló su pobre rosario.

–      “No sé rezar” – fue la respuesta irritada de aquella mujer. Le respondió con mansedumbre:

–      “No es necesario que tu digas toda el Avemaría; di solamente “Ruega por nosotros pecadores”.

Y ella nunca pudo olvidar el rostro de aquel anciano sacerdote a quien había asesinado. Más tarde dirá: “El tenía compasión de mi”. Le había dado la muerte, pero él la había hecho nacer a la gracia.

XIV ESTACIÓN

Jesús es puesto en el sepulcro

    En María, la Iglesia te ha acogido para siempre entre sus brazos y espera el milagro.

    En la tumba obscura tu cuerpo yace vigilado por la Trinidad y en gran silencio llega el diálogo de la Resurrección.

    El corazón del Padre ha quedado herido por tu oración, cuando le has pedido “con grandes gritos y lágrimas de verte liberado de la muerte” [41] , y el Padre – que “siempre te escucha” [42] – no puede dejar “que su Santo vea la corrupción” [43] .

    De esta manera, en la noche de la sepultura, como ya había hecho en la oscuridad de la cueva de Belén, con la fuerza del Espíritu Santo, el Padre te engendra nuevamente [44] : “…luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero”.

    Ni la gran piedra sellada ni los guardianes, que vigilaban la tumba [45], pudieron impedir la transubstanciación de tu cadáver en cuerpo resucitado.

    Desde entonces todos tus fieles aceptarán, en el Bautismo, el estar “sepultados contigo” [46] con el fin de poder resucitar contigo.

    Ayúdanos, Señor, a no tener miedo de los sepulcros de esta tierra y ayúdanos a descender en ellos seguros de estar entre las manos de tu Padre.

    De este modo el Beato P. Damián de Veuster fue al leprosario de Molokai – considerado en aquel entonces como “el cementerio y el infierno de los vivos” – y desde su primera predicación abrazó a todos aquellos infelices diciendo simplemente: “Nosotros, los leprosos”. Y al primer enfermo que le dijo: “Atención, Padre, que os podéis contagiar con mi mal”, respondió: “Hijo mío, si la enfermedad se lleva consigo mi cuerpo, Dios me dará otro”.

    Haz, Señor, que podamos permanecer delante de tu sepulcro en adoración de espera, como hizo Santa María de Betania, la mujer que te había ungido anticipadamente con “el aceite perfumado para la sepultura” [47] y que tu escogiste como primer testigo de tu Resurrección.

 

ORACIÓN AL TERMINAR EL VIA CRUCIS

     Señor Jesús:

    Te hemos acompañado en el duro “camino de la Cruz” con fe, amor y esperanza.

    Hemos entendido cuanto te ha costado ofrecerte a nosotros como Camino para hacernos llegar al Padre; cuanto te ha costado caer en el precipicio a fin de permanecer entre nosotros y el Infierno, para abrazarnos en nuestra pérdida y darnos tu misma vida.

    En tu Sumo Sacerdocio hemos contemplado nuestro sacerdocio ministerial.

    En tu santo Sacrificio hemos contemplado el sacrificio que nos pides ofrecer con nuestras manos y con nuestra vida: la Eucaristía total que debemos y queremos presentar a tu Padre.

    En tu obediencia hasta la muerte de Cruz hemos contemplado la obediencia que hemos prometido a Ti y a tu Iglesia.

    En la pasión de tu Amor absoluto hemos contemplado la ofrenda pura de todo nuestro yo – en el cuerpo y en el alma – porque está destinado a trasmitir tu amor.

    Haz que esta contemplación repetida llegue a ser acción humilde y cotidiana, servicio fiel e indómito.

    En esta Via Crucis nos ha acompañado el vivo recuerdo de la Santa Virgen de los Dolores – Madre de nuestro sacerdocio – y nos ha ayudado el ejemplo generoso de Santos Sacerdotes.

    Por su intercesión, Señor, concédenos saber “dar la vida” por nuestra grey, como el buen pastor que nunca huye, sino que custodia y protege a sus ovejas.

    Danos tu Santo Espíritu que nos hace santos, y renueva en nosotros la conciencia feliz de ser “hijos” de tu Padre celestial; hijos en tu Hijo, enviados al mundo “para reconciliar a todos los hijos dispersos de Dios”.

Amen.

Notas


[1]  Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica

[2] Mat. 16, 24

[3] Jn. 14, 6

[4] Col. 1, 24

[5] Mc. 15, 13

[6] Hech. 10, 38

[7] Cfr. 2 Cor. 5, 21

[8] Is. 53, 3

[9] Jn. 1, 29

[10] Gal. 2, 19

[11] I Cor. 1, 23-25

[12] P. Claudel, Via Crucis

[13] Puntos de amor 13

[14] Cfr. Lc. 2, 35

[15] Lam. 1, 12

[16] Lc. 1, 31-32

[17] Cfr. Jn. 3, 16

[18] Cf. Rom. 8, 32

[19] I Cor. 6, 20

[20] Dante, Paraíso, XXXIII, 1.

[21] Lc. 23, 26-26

[22]  Cfr. Mulieris Dignitatem n. 25.

[23] Cfr. Mt. 25, 31-46

[24] Lc. 23, 27-31

[25] Mt. 2, 16-18

[26] Jn. 19, 23-24

[27] Dante, Paradiso,XI, 113.  

[28] Mat. 27, 46 y Sal. 22

[29] Sal. 21, 17-18

[30] Cfr. Fil. 2, 8

[31] Institutio primorum monachorum, c. IV

[32] Cfr. 1Cor. 6, 20

[33] Lc. 23, 42

[34] Jn. 19, 28

[35] S. Buenaventura de Bagnoreggio: “Sanctae Crucis recordare / et in ipsa meditare /

    insatiabiliter”

[36] Ef. 2, 4

[37] Jn. 19, 30

[38] Juan Pablo II, Homilía a Oswiecim-Brzezinka del 7 de Junio de 1979.

[39] Hebr. 5, 5

[40] Carmelita holandés, que fue rector de la Universidad de Nimega, deportado a Dachau a causa de

    haber luchado contra el nazismo desde la cátedra y desde los periódicos

[41] Hebr. 5, 7-10

[42] Cfr. Jn. 11,42

[43] Cfr. Hec. 2, 27

[44] Cfr. Heb. 5, 5-10

[45] Cfr. Mt. 27, 63-66

[46] Rom. 6, 4

[47] Mt. 26, 12

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